Novela
La promesa
SILVINA OCAMPO
(Lumen - Buenos Aires)
La novela póstuma de Silvina Ocampo, La promesa, cuya reciente aparición se inscribe entre los acontecimientos editoriales del año y lanza a sus lectores como playistas al mar en los primeros días de la temporada, incita a pensar un interesante entrecruzamiento con otras dos ficciones: la novela La pérdida del reino y el relato Andamos huyendo Lola. La primera es de un amigo personal de Silvina, Pepe Bianco; la segunda, del gran amor de su marido (Adolfo Bioy Casares): Elena Garro.
Lo que resulta sumamente llamativo es el parecido en la relación madre/hijo en los tres casos, como si se hubiesen confabulado para crearlos o, en todo caso, como si alguno de los tres hubiera puesto en circulación una historia que luego fue siendo reelaborada por los otros. Las tres madres, Laura, Irene y Aube entablan con sus respectivos hijos, Lori, Gabriela y Karin, un vínculo descentrado, invertido: más que sus madres parecen sus hermanas o sus hijas. Es conmovedor ver a esas tres mamacitas (tal como la llama (el) Lori de Pepe Bianco a Laura) tan desprotegidas y desvalidas, tan perdidas en la vida que llevan a sus hijos como se carga un tapado, despreocupada y risueñamente. Ellas deben hacer de madres cuando no tienen la menor idea de dónde están paradas.
Laura (en la novela de Pepe Bianco), con su belleza y su juventud, no sabe qué hacer con Lori, que se enoja con ella y la reta: "Ay, mamacita, no digas babosadas". La Irene de Silvina Ocampo se mantiene perpleja, irresoluta, mientras su hija Gabriela intenta controlar celosamente sus movimientos, del mismo modo que en una relación normal haría una madre con su hija. Aube y Karin (personajes de Elena Garro) están solas en un edificio en el que conviven personas solitarias y perseguidas, no se sabe bien por qué o por quién, como ellas dos.
De estos seis personajes, son los de Elena Garro los que peor la pasan: son pobres, están peligrosamente solas, son perseguidas, sólo se tienen a ellas mismas. Son como dos náufragas, dos hermanas asustadas que se toman de las manos para poder dormir (como hacían Victoria y Angélica Ocampo niñas, según cuenta la misma Victoria en su autobiografía). Quizá las andanzas de Elena Garro y su hija, la Chata, hayan sido el punto de partida en la circulación secreta de estos tres pares de personajes. Podría refutar la hipóstesis del contagio repetitivo la eventualidad de que alguno de los autores no hubiera leído la obra del otro o que, incluso, la hubiera leído a posteriori de haber escrito su propia obra. Es irrelevante. Lo decisivo no es tanto la escritura o lectura de las obras, pues no creo que ninguno se haya copiado del otro, sino el tráfico de información chismográfica en los círculos que estos autores frecuentaban. Allí debe de estar la verdadera fuente en la que abrevaron, incluso distraídamente.
Aunque el autor pretenda con vehemencia expurgar su obra de anécdotas de la vida y ponerla a resguardo de cualquier contaminación personal, vemos cómo esa arcilla de la realidad reaparece, travestida, en los pliegues de la literatura. Así, Elena Garro construye una madre que es ella misma y que se relaciona con su hija, casi de igual a igual, huyendo siempre, tal como lo hicieran ella y su hija en el largo exilio que emprendieron luego de la separación de Garro de Octavio Paz.
En cuanto a Silvina Ocampo, también tuvo un vínculo extrañísimo con su hija (hija, en verdad, de su marido con una de sus tantas amantes, y adoptada por ella): ¿es de extrañar, bajo semejantes circunstancias, que fuera una madre llena de dudas y temores a quien le costara guiar, educar o controlar a su hija? Y en el caso de Pepe Bianco, como es sabido, no tuvo hijos, y tal vez haya sido precisamente la ausencia de estos lo que lo llevó a crear esta relación madre/hijo tan similar a la de sus grandes amigas. Infiero que tal vez inconscientemente se haya inspirado en ellas o en las mentas que corrían por los pasillos palaciegos.
Sea como fuere, y más allá de quién haya sido el que largó a escena este extraño formato de relación madre/hijo, o incluso de que haya sido una simple aunque prodigiosa casualidad, resulta interesante percibir en estos tres pares de vínculos y sus autores cierta univocidad en la visión que tenían de una de las relaciones más importantes y, quizá por eso, más complejas en la historia del hombre.
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Lucía Casasbellas